El egoísmo de l@s bichis

¡Cuándo seas madre lo entenderás! Puede que esta sea una de las frases más repetidas del mundo por madres de todos los continentes. Y es tan cierta y verdadera como tantas otras que escuchamos de nuestras progenitoras. Es una profecía.

La diferencia es que ahora somos también nosotras las que la decimos o diremos en un futuro no muy lejano.

Yo ahora estoy en esa fase de viaje al pasado en el que te das cuenta (porque lo sufres en tus propias carnes) de las veces que di por culo a mis padres. Vamos a hablar con claridad y llamando a las cosas por su nombre.

Yo tenía dos costumbres que, mira tu por donde, mi hijo las ha heredado. Estas (porque había más) tenían que ver con el joder las horas de sueño/relax de mis padres. Claro, eso era cuando yo no tenía ganas de dormir. La gran sufridora era mi madre porque, ya sabemos, que aquellos eran otros tiempos. Mi padre tenía que trabajar y mi madre “no”. Era ama de casa. En fin…

La primera costumbre era que antes de dormir mi madre me tenía que cantar una canción. La cantaba una vez. A mi hermana y a mí. Hasta ahí todo normal. Pero, no. Con una no nos conformábamos. Entonces insistíamos hasta aburrirla y ella (pobrecita) claudicaba. Y vuelta otra vez,… “Había una vez un barquito chiquitito…”.

A veces podía ser una oración. No importaban los medios, sólo el fin. Cualquier cosa, cualquier artimaña para que estuviera allí con nosotras hasta que nos durmiéramos. Y no exagero si digo que podía estar cantando alrededor de una media hora o más hasta que nos dormíamos o se ponía firme y nos espetaba: “Esta es la última, eh”.

Otra costumbre era la de pedirle agua. A veces tenía sed, pero casi siempre me podía el aburrimiento. Sí, me aburría en la cama. Estar allí metida sin tener ni pizca de sueño era un rollo. Así que: “Mamaaaaaaaaaaaaaá, aguaaaaaaaaaaaaaa”, “Mamaaaaaaaaaá aguaaaaaaaaaaaaaaa”. A grito pelao. Hasta que ella aparecía con un vaso de agua y yo conseguía mi propósito: la de tenerla allí a mi lado. Eso me producía placer y no sé explicar por qué.

Cuando lo del agua ya no colaba, entonces era lo de “maaaaaaaaaaaaa, me duele la barriga”. Y allí estaba  mi mami con una “aspirina infantil” (años después me enteré de que era zumo de naranja) para que se me calmará el “dolor”.

Ahora me la imagino tirada en el sofá, completamente agotada del día, relajada, y… “Noooo, las niñas otra vez”. Supongo que mis padres también discutirían: “te toca a ti”, “no, que yo ya fui antes”, “por favor”, “anda, vete tú”. 

Mi madre era mía. Algo así como una “esclava”, que no tenía derecho a estar cansada y, por lo tanto, mucho menos a descansar. Por supuesto, yo todavía era muy pequeña y mi cerebro no daba para más. Más tarde me entró la capacidad de razonar y comprendí que mi madre y mi padre eran seres humanos que, a veces, estaban cansados y que tenían necesidades. Por ejemplo, disfrutar de un rato de relajación y de unas horas de sueño.

Aparte de lo de tener vida de pareja. Lo que menos pensaba yo era que mis padres se amaban y necesitaban cierta intimidad. Hasta aproximadamente los diez años, papá y mamá eran sólo papá y mamá. Papá iba a trabajar y mamá hacía las cosas de casa y la comida. Es decir, dos seres-robots que sólo tenían esos cometidos, además de los de servirme a mí y a mi hermana y de reñirnos y castigarnos cuando nos portábamos mal.

Pues, ahora la madre soy yo, ahora soy yo la “esclava”, la que no tiene derecho a un ratito de relax, … Ni siquiera mi almohada es mía. Cada noche le cantó a mi hijo unas veinte veces la misma canción/nana (tengo que ampliar mi repertorio), mi hijo me pide treinta veces agua y ayer mismo, con la excusa de la otitis, me lo llevé a mi cama y, aunque no lo creáis, me quitó la almohada.

Cuando me hice con ella otra vez, –“Esto sí que no. Es mi almohadaaaaaaaaaaaa”-, me puso la mano en la cara y empujó con todas sus fuerzas hasta que me rendí. Y yo, tan fina, le amenacé: “que te den, ahí te quedas con tu padre”. Y me fui a su cama. Vamos, sólo me faltó sacar un pañuelo blanco desde la trinchera y gritar: “me rindo, me rindo”.

Allí en la cama del bichi, la cabeza me estallaba… Pero, ¿qué clase de educación le estoy dando a mi hijo?, ¿cómo puede ser que un mocoso de dos años pueda conmigo?, ¡qué egoísta es!, ¡soy tonta!, ¡le estamos consintiendo demasiado!…

Total, otra noche en vela.

El pasado siempre vuelve. Y estoy visionando continuamente a mi madre diciéndome: “ves, te lo dije: cuando seas madre lo entenderás”. “¡Perdóname mamá, no sabía lo que hacía!”, buahhh, buahhhh…

Sinceramente, creo que este es mi castigo por las jodiendas varias de mi niñez.

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2 comentarios en “El egoísmo de l@s bichis

  1. Que razón tienes Marta! yo también recuerdo dar por culo por las noches con el agua.., que si me duele esto, que si te quedas un ratito conmigo.. y ahora nos toca a nosotras hacer ese mismo papel y esque hasta que no eres madre……. que verdad que es!

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    1. No te puedes ni imaginar las veces que me acuerdo de mi pobre madre. Ahora las pringadas somos nosotras. Jajajajaja

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