Tengo una empanadilla friéndose en Móstoles

Teníais que haber visto la cara de mi madre cuando le dije que había hecho unas croquetas de pollo. Cualquiera se hubiera sentido muy, muy, muy ofendida. Menos esta menda lerenda que se sintió sólo ofendida (sin más). Vamos, ¡ese rostro no lo borraré de mi mente mientras viva!. Era una mezcla entre miedo, sorpresa, extrañeza, nostalgia,… No sé, de muchas sensaciones y sentimientos entremezclados. Así como, ¿pero qué han hecho con mi niña? ¡Me la han cambiado!.

 

¿Croquetas?, ¿de pollo? Esta no es mi hija. Es un alien.

Diréis que qué bruta mi madre. No,…  La pobre siente una vergüenza ajena cada vez que, con toda la pachorra del mundo, cuento que en la Universidad una amiga y yo llamamos al novio de ésta para preguntarle si para hacer la tortilla de patatas era necesario freírlas antes que el huevo o simplemente se echaba todo a la vez en la sartén. No me avergüenza contarlo. Tampoco que tiraba los filetes desde la puerta de la cocina por miedo a que me saltara el aceite.

Su rostro sólo se relajó cuando juré a los cuatro vientos que nunca jamás volvería a mancharme los manos con la bechamel y, mucho menos, a estar media hora contante y sonante dando vueltas con una cuchara hasta que el mejunje cogiese espesor.

Os juro que durante esa media hora me acordé de mi hermana y precisamente no para bien. La muy capulla me aseguró que las croquetas se hacían en diez minutos. ¡¿Diez minutos?! Sin contar las casi dos horas de cocción del pollo a fuego leeeeeeeento, muy leeeeeeeento para hacer el caldito, estuve media hora dándole vueltas al palo.

Como la menda lerenda no está acostumbrada a estos quehaceres, tuve como un ligero puntito de agujeta al día siguiente. Pero, claro, también tuve que menearlas bien para darles forma de croqueta, revolverlas en pan rallado y freírlas. Sólo de acordarme del olor a fritanga es que se me revuelve el estómago. Que no, que yo no valgo para estos rollos caseriles. Os lo juro que, cada día que pasa, odio más la cocina.

Y pensar que hay gente a la que le relaja… ¿Cómorrr? Una de estas personas tan rarunas es mi hermana. Algunas veces, cada vez menos, cuando voy a su casa me propone que pasemos la tarde haciendo galletitas de jengibre ¡Qué maja la tía! Jajajaja. Me parto y me mondo, como decía aquel. Anda qué,… con lo agustito que se está sentadita en el sofá y con las manos limpias.

He de reconocer que las croquetas me quedaron de vicio y no digamos el caldito. Bichi y Tío Camuñas se inflaron a sopita. Yo no puedo decir lo mismo. Y es que tengo un problema gordo. No sé si os pasa a vosotras. Cuando me paso tanto tiempo en la cocina, se me quita completamente el hambre. Vamos, que debería dedicarme profesionalmente a esto para mantener mi fina figura.

Pues eso, que acabe hasta las bowlings y más arriba todavía. Las próximas croquetas, las hará La Cocinera porque esta menda lerenda cierra el chiringo por unos meses. Por lo menos, hasta que se me quite este aborrecimiento croquetil.

Lo de las empanadillas lo voy a dejar para mi tía, la de Móstoles.

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Un comentario en “Tengo una empanadilla friéndose en Móstoles

  1. La primera vez que hice croquetas era por que venían a comer mis suegros…usé la Thermomix y me quedaron CUADRADAS.

    Directamente jamás lo intentaré….LA COCINERA y yo somos fieles amantes “de la cocina”.

    Un besote desmadroso

    Me gusta

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