Cuando se va el abuelo

Cuando vas cumpliendo años, los problemas que antes eran un mundo, ahora te parecen insignificantes. Algo parecido ocurre cuando vas perdiendo a seres queridos. Con el tiempo te resignas y comprendes que la vida pasa y que todo el mundo se muere.

No cabe duda de que las pérdidas y el duelo no tienen nada que ver cuando la muerte viene de quien no lo esperas, cuando fallece alguien joven. En ese sentido, yo siempre me consideré una afortunada. Hasta que murió mi padre. A partir de entonces se esfumó la alegría, la alegría plena.

Hace poco, una amiga que perdió a ambos progenitores decía lo mismo. “Puedes ser feliz porque la felicidad es un estado de paz, de tranquilidad, pero ya no vuelves a ser la misma ni vuelves a sentir la alegría como antes”. Cuando se dice que algo muere dentro de ti, es el tópico más real que he escuchado en mi vida.

Añado que el vacío no lo llena nadie. Ni, por supuesto, lo material ni tampoco las personas. Nisiquiera los hijos. Ya no vuelves a ser la misma. Puedes reír, ser feliz, ilusionarte,… pero en el fondo hay un poso de tristeza con el que no te queda más remedio que aprender a vivir. Sí o sí.

Yo me sentí una privilegiada mientras tuve a mis seres queridos vivos. Y es una pena comprobar como hay gente que no lo valora porque irremediablemente, tarde o temprano, a todos y a todas nos llega el mazazo.

Cuando perdí a mi primer abuelo, con veintitantos, fue un golpe brutal. Sentí una pena tan intensa, que hoy, después de lo que he vivido, me parace hasta exagerada. No tenía cercano nada tan angustioso. Nada comparable a lo vivido despúes. Precisamente porque, después de la muerte de un padre y de una hermana, el adiós a las personas ancianas lo vives con sosiego, con pena contenida. Más para adentro.

Y así hace dos semanas se fue mi abuelo. Y cuando un abuelo se va, cada vez que uno lo hace, comprendes que el tiempo pasa y que ha pasado muy deprisa, demasiado. Parece mentira que ayer fueras tú la cuidada, la mimada, la regañada y, de repente, de un día para otro, cambiaran los papeles y lo fuera él.

Cuando un abuelo se va vienen a la mente mil y un recuerdos, conversaciones, momentos que se grabaron en tu corazón para siempre. Pero sobre todo olores, sabores y sonidos.

El sonido de mi abuelo abriendo la puerta del portal y subiendo las escaleras; el sonido de su risa; el olor de su coche; el olor a calefacción de carbón; el sabor de los almedrados de la abuela y de su postre cremoso de chocolate,… el sonido de mi tío cantando villancicos y el de las bromas de mi padre… en la cena de Nochebuena y en cualquier otro momento.

Recuerdos que se agolpan y una sensación de vértigo de que la vida ha dejado de ser un experimento, que ya es, que ya está aquí. Que ahora te toca a ti tirar del carro, llorar las pérdidas e intentar hacer feliz a tus hijos. Ahora eres tú quien proteges.

Empieza la otra vida. La segunda mitad.

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